China proyecta el mayor acelerador de partículas del mundo para liderar la física del siglo XXI

El país asiático debate la construcción de un colisionador circular subterráneo de 100 kilómetros de circunferencia que permitiría estudiar el bosón de Higgs con una precisión inédita y podría alterar el equilibrio científico global.

China avanza no solo en el ámbito de las grandes infraestructuras civiles, sino también en el terreno más abstracto y decisivo de la ciencia fundamental. Mientras durante gran parte del siglo XX la física de partículas estuvo dominada por instalaciones europeas y estadounidenses, como el CERN o el Fermilab, el siglo XXI comienza a dibujar un nuevo mapa del poder científico. En ese contexto se enmarca uno de los proyectos más ambiciosos jamás planteados: el CEPC, siglas del Colisionador Circular de Electrones y Positrones.

El proyecto contempla la construcción de un acelerador subterráneo de 100 kilómetros de circunferencia, excavado a decenas de metros bajo tierra, capaz de hacer circular haces de partículas casi a la velocidad de la luz. De aprobarse y recibir financiación completa, el CEPC situaría a China en la vanguardia de la física de altas energías durante las próximas décadas. Su tamaño sería tal que el anillo podría rodear por completo grandes áreas metropolitanas como Shanghái, Pekín, París o Londres.

Una fábrica dedicada al bosón de Higgs

A diferencia del Gran Colisionador de Hadrones, que colisiona protones, el CEPC se centraría en electrones y positrones, partículas elementales sin estructura interna conocida. Esta elección permite colisiones mucho más limpias desde el punto de vista experimental, reduciendo el ruido de fondo y facilitando mediciones de una precisión extraordinaria.

Con una energía de colisión prevista de 240 gigaelectronvoltios (GeV), el acelerador funcionaría como una auténtica “fábrica de Higgs”, diseñada para estudiar en profundidad el bosón de Higgs. Los científicos esperan poder responder a preguntas aún abiertas sobre su interacción con otras partículas, la posible existencia de variantes desconocidas, su relación con fenómenos que van más allá del Modelo Estándar e incluso su posible vínculo con la materia oscura o dimensiones adicionales del espacio.

Mucho más que un experimento científico

El CEPC no es solo un proyecto científico, sino también una declaración estratégica. Para China, liderar una infraestructura de este calibre supone atraer talento internacional, desarrollar tecnologías punteras en campos como la superconductividad, la criogenia o los sistemas de vacío, y reforzar su independencia frente a los grandes laboratorios occidentales. La historia demuestra que muchos de los avances tecnológicos surgidos en aceleradores de partículas acaban trasladándose al ámbito civil, desde la medicina hasta la electrónica avanzada.

Además, el diseño del colisionador mira más allá del presente. El túnel de 100 kilómetros podría albergar en el futuro un supercolisionador de protones capaz de superar al LHC tanto en energía como en alcance científico, prolongando durante décadas la vida útil de la infraestructura.

Un posible cambio de epicentro científico

Si llega a materializarse, el CEPC podría redefinir la geopolítica de la ciencia. No se trataría solo de una máquina, sino de una auténtica ciudad subterránea dedicada al conocimiento, un símbolo de que el nuevo epicentro de la investigación fundamental podría desplazarse hacia Asia. En ese escenario, algunas de las respuestas a los enigmas más profundos del universo podrían surgir desde China, marcando un cambio histórico en la carrera por comprender la materia, la energía y el origen último de la realidad.



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