Los fósiles de Atapuerca revelan cómo eran los primeros lobos de Europa

Una investigación desarrollada por científicos de Atapuerca ha reconstruido la evolución de los antiguos lobos europeos durante más de un millón de años y muestra cómo estos depredadores compartieron territorio con algunas de las primeras especies humanas del continente.

Los yacimientos de Atapuerca, en Burgos, han vuelto a aportar nuevas claves sobre la evolución de la vida en Europa. Un estudio dirigido por la paleontóloga Nuria García, de la Universidad Complutense de Madrid, ha permitido reconstruir la evolución de los antiguos lobos europeos durante un periodo que abarca más de 1,2 millones de años, revelando importantes diferencias con los actuales depredadores y su convivencia con distintas especies humanas.

La investigación, publicada recientemente y basada en 25 años de excavaciones, ha analizado 108 restos fósiles entre mandíbulas y piezas dentales hallados en varios yacimientos de la sierra burgalesa. Los fósiles abarcan un periodo comprendido entre hace 1,2 millones de años y 400.000 años, convirtiéndose en uno de los registros más completos conocidos sobre la evolución de este linaje en Europa.

Los investigadores identificaron que 106 restos pertenecían a la especie Canis mosbachensis, un antiguo lobo considerado ancestro del actual Canis lupus, especie a la que pertenece el lobo ibérico actual (Canis lupus signatus).

Un lobo muy distinto al actual

Los análisis realizados sobre las mandíbulas y dientes han revelado diferencias sorprendentes respecto a los lobos modernos. Los primeros ejemplares encontrados eran aproximadamente un 30% más pequeños que los actuales y presentaban una dentadura distinta, adaptada a una alimentación menos especializada en carne.

Según explica Nuria García, los estudios sobre las muelas carniceras —los dientes utilizados para cortar carne— indican que aquellos antiguos lobos tenían una dieta mucho más variada y generalista.

En lugar de comportarse como grandes depredadores especializados, su alimentación era más parecida a la de especies como los zorros, incorporando insectos, pequeños animales e incluso frutos.

Los científicos consideran que los primeros ejemplares localizados en Atapuerca tenían un tamaño similar al de un chacal moderno y mantuvieron durante cientos de miles de años rasgos relativamente estables.

La evolución del paisaje cambió también a los lobos

La investigación señala que la transformación comenzó a apreciarse hace entre 430.000 y 350.000 años, coincidiendo con importantes cambios climáticos registrados durante el Pleistoceno Medio.

Durante ese periodo se produjo un prolongado episodio interglaciar que transformó profundamente el paisaje. Las antiguas estepas comenzaron a convertirse en bosques más densos y aumentó la presencia de grandes herbívoros como ciervos, caballos y bisontes, proporcionando una mayor disponibilidad de alimento.

Los investigadores creen que este cambio ambiental pudo impulsar una evolución progresiva hacia animales más grandes y más eficientes en el consumo de carne, aproximándose poco a poco al lobo moderno.

Los restos más recientes hallados en Atapuerca, de hace aproximadamente 200.000 años, ya pertenecen a Canis lupus, aunque todavía eran algo más pequeños que los ejemplares actuales.

Lobos y humanos compartieron territorio

Uno de los aspectos más llamativos del estudio es que estos antiguos lobos convivieron con algunas de las primeras especies humanas que habitaron Europa.

En el mismo nivel geológico donde aparecieron algunos restos de estos animales se localizaron fósiles humanos muy antiguos, entre ellos el rostro conocido como "Pink", que presenta características relacionadas con Homo erectus.

Más adelante, durante el periodo de transición hacia los lobos modernos, Atapuerca estuvo ocupada por grupos de Homo heidelbergensis, considerados antepasados de los neandertales.

Los investigadores señalan que ambos compartían ecosistemas y recursos similares, aunque por el momento no existen evidencias directas que permitan saber si llegaron a competir entre sí o incluso a coincidir físicamente.

La investigación ofrece una nueva ventana para comprender cómo evolucionaron algunos de los grandes depredadores europeos y cómo los cambios climáticos, el entorno y la disponibilidad de alimento pudieron moldear durante cientos de miles de años a especies que todavía hoy siguen formando parte de nuestros ecosistemas.

Comentarios

Entradas populares