¿Qué le pasaría a una persona si entrara en un acelerador de partículas?

Los haces de partículas pueden viajar a velocidades próximas a la de la luz y concentrar enormes cantidades de energía. Una exposición directa podría provocar lesiones gravísimas, aunque las consecuencias dependerían del tipo de acelerador, la energía del haz y la duración del contacto.

Los aceleradores de partículas son algunas de las instalaciones científicas más avanzadas del mundo. Máquinas como el Gran Colisionador de Hadrones (LHC), situado en el CERN, cerca de Ginebra, permiten estudiar los componentes fundamentales de la materia mediante haces de partículas que alcanzan velocidades extraordinarias.

Pero ¿qué ocurriría si una persona se encontrara en la trayectoria de uno de esos haces mientras el acelerador está funcionando? Aunque pueda parecer una situación propia de la ciencia ficción, sus consecuencias se explican mediante la física de partículas y los efectos de las radiaciones ionizantes sobre los tejidos humanos.

Lo primero que conviene aclarar es que entrar físicamente en un túnel de un acelerador no equivale a recibir el impacto de un haz de partículas. Los haces circulan por conductos especializados, generalmente sometidos a un vacío extremo, y las instalaciones cuentan con sistemas de seguridad para impedir el acceso a zonas peligrosas durante su funcionamiento.

El verdadero riesgo aparecería si una persona quedara directamente expuesta a un haz de alta energía.

Un impacto capaz de destruir tejidos y provocar graves lesiones

Cuando las partículas aceleradas atraviesan el cuerpo humano, pueden ionizar los átomos de los tejidos y alterar las moléculas que forman las células, incluido el ADN. Dependiendo de la dosis recibida, esta exposición puede provocar lesiones localizadas, necrosis, daños neurológicos y, en los casos más graves, la muerte.

Sin embargo, no todos los aceleradores presentan el mismo peligro. Los utilizados en medicina, investigación o industria trabajan con partículas y energías muy diferentes. Incluso dentro de una misma instalación, las consecuencias dependen de la intensidad del haz y del tiempo de exposición.

Uno de los casos históricos más conocidos ocurrió en 1978, cuando el científico soviético Anatoli Bugorski recibió accidentalmente el impacto de un haz de protones mientras trabajaba en un acelerador de partículas.

El haz atravesó parte de su cabeza y le provocó lesiones importantes, entre ellas daños en el rostro y problemas auditivos. Sorprendentemente, sobrevivió al accidente, aunque sufrió secuelas permanentes.

Este episodio demuestra que la exposición a un haz de partículas no implica necesariamente una muerte instantánea, pero también evidencia el enorme peligro de estas radiaciones concentradas.

En instalaciones como el LHC, además de la radiación, existe otro factor fundamental: la energía acumulada en los haces. En determinadas condiciones, esta puede ser suficiente para dañar gravemente componentes metálicos del propio acelerador, razón por la que se emplean complejos sistemas de protección y dispositivos capaces de desviar y absorber los haces de forma controlada.

En cualquier caso, una persona no saldría despedida ni se desintegraría necesariamente como muestran algunas películas. Las consecuencias reales estarían relacionadas principalmente con la deposición de energía y los daños producidos por la radiación en los tejidos.

Por ello, los grandes aceleradores disponen de controles de acceso, blindajes y sistemas automáticos que impiden mantener haces peligrosos cuando se autoriza la entrada de personal a las zonas restringidas.

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