Nuevos estudios relacionan antiguos impactos cósmicos con cambios climáticos extremos y extinciones masivas

El lugar exacto donde impacta un asteroide puede resultar tan decisivo como su tamaño. Nuevas investigaciones apuntan a que el polvo, el hollín y los gases liberados tras las colisiones alteraron bruscamente la temperatura, redujeron la luz solar y desencadenaron crisis ambientales capaces de borrar gran parte de la vida del planeta.

Los grandes impactos de asteroides y cometas que golpearon la Tierra durante los últimos cientos de millones de años no provocaron siempre las mismas consecuencias. Mientras algunas colisiones dejaron enormes cráteres sin ocasionar cambios climáticos duraderos, otras desencadenaron enfriamientos globales, alteraciones de las precipitaciones y extinciones masivas.

Una investigación publicada en la revista Palaeogeography, Palaeoclimatology, Palaeoecology ha analizado los nueve mayores cráteres de impacto formados durante los últimos 250 millones de años. Sus autores estudiaron la composición de las rocas golpeadas y calcularon la cantidad de polvo, azufre y hollín que pudo alcanzar la atmósfera después de cada colisión.

Los resultados apuntan a que el tamaño del asteroide no basta para determinar la gravedad de la catástrofe. La composición del terreno sobre el que cae el objeto puede transformar un gran impacto regional en una crisis climática de alcance planetario.

Según el trabajo, los impactos sobre depósitos sedimentarios ricos en hidrocarburos y materia orgánica pueden generar enormes cantidades de hollín, capaces de ascender hasta la estratosfera y permanecer suspendidas durante meses o años. Estas partículas bloquean parte de la radiación solar, reducen las temperaturas superficiales y debilitan las lluvias, provocando un rápido deterioro de los ecosistemas terrestres y marinos.

Los investigadores consideran que este hollín pudo desempeñar un papel fundamental en algunas extinciones asociadas a impactos. Una pequeña diferencia en la cantidad de carbono enterrado en las rocas del lugar de la colisión habría producido efectos climáticos completamente distintos, incluso entre asteroides de dimensiones semejantes.

El lugar del impacto pudo decidir el destino de la vida

El ejemplo más conocido ocurrió hace 66 millones de años, cuando un asteroide de entre 10 y 15 kilómetros de diámetro impactó en la actual península de Yucatán, en México, y formó el cráter de Chicxulub. La colisión está relacionada con la desaparición de aproximadamente el 75 % de las especies, incluidos todos los dinosaurios no avianos.

El asteroide golpeó una zona cubierta por rocas carbonatadas, evaporitas y sedimentos ricos en materia orgánica. La energía liberada vaporizó enormes cantidades de material y lanzó a la atmósfera polvo, gases y partículas procedentes tanto de las rocas como de los incendios globales posteriores.

Durante años se consideró que los aerosoles de azufre fueron uno de los principales responsables del llamado invierno de impacto. Sin embargo, otro estudio publicado en Nature Communications calculó que Chicxulub pudo liberar alrededor de 67.000 millones de toneladas de azufre, una cantidad cinco veces inferior a algunas estimaciones anteriores. Este resultado sugiere que el enfriamiento causado exclusivamente por el azufre pudo ser menos intenso de lo previsto y refuerza la necesidad de estudiar conjuntamente el polvo fino y el hollín.

La oscuridad habría reducido drásticamente la fotosíntesis, provocando la muerte de plantas y del plancton que sostenían buena parte de las cadenas alimentarias. A ello se añadieron el descenso de las temperaturas, los incendios, la lluvia ácida y las alteraciones químicas de los océanos.

Los estudios sobre antiguas crisis biológicas muestran además una fuerte relación entre la magnitud de las extinciones y los cambios rápidos de temperatura. Un análisis de las principales extinciones del Fanerozoico encontró una elevada correlación entre las pérdidas de especies y episodios abruptos de calentamiento o enfriamiento global, tanto si fueron provocados por impactos como por grandes erupciones volcánicas.

Sin embargo, los científicos advierten de que no todos los grandes asteroides producen extinciones. Dos enormes objetos impactaron hace aproximadamente 35,65 millones de años y formaron los cráteres de Popigai, en Siberia, y de la bahía de Chesapeake, en Estados Unidos. El análisis de fósiles marinos no encontró cambios climáticos duraderos durante los 150.000 años posteriores a las colisiones.

Esta diferencia refuerza la hipótesis de que el resultado depende de una combinación de factores: el diámetro y la velocidad del objeto, el ángulo de entrada, la profundidad del impacto y, especialmente, la composición geológica del terreno golpeado.

Las nuevas investigaciones ofrecen así una imagen más compleja de las extinciones masivas. El asteroide sería el detonante inicial, pero la verdadera destrucción llegaría después, cuando la atmósfera y los océanos sufrieran transformaciones extremas capaces de extenderse por todo el planeta.

Comprender estos mecanismos permite reconstruir mejor la historia de la Tierra y mejorar los modelos con los que se evalúan las consecuencias de futuros impactos. También demuestra que los ecosistemas son especialmente vulnerables cuando los cambios climáticos se producen de manera rápida, intensa y a escala global.

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