Hallan una autopista de huellas de dinosaurios en Bolivia

Lo que durante generaciones fue interpretado como leyendas sobre criaturas sobrenaturales en el altiplano andino ha quedado ahora confirmado por la ciencia. Un equipo internacional de paleontólogos ha documentado en Bolivia el mayor registro mundial de huellas de dinosaurios carnívoros, una auténtica autopista prehistórica que reescribe el mapa del Cretácico en Sudamérica.

El parque nacional de Toro Toro, en los Andes de Bolivia, alberga uno de los hallazgos paleontológicos más extraordinarios de las últimas décadas. Un equipo internacional liderado por la Universidad Loma Linda, de California, ha identificado y catalogado 16.600 huellas de dinosaurios, estableciendo un récord mundial en registros de terópodos, el grupo de dinosaurios carnívoros que incluye especies tan emblemáticas como el Tiranosaurio Rex.

El estudio, publicado en la revista científica PLOS One tras seis años de trabajos de campo, describe una “abundancia de huellas” sin precedentes a nivel global. La magnitud del descubrimiento confirma que este enclave boliviano fue un punto clave en los desplazamientos de los dinosaurios poco antes de su extinción definitiva.

Una autopista prehistórica por Sudamérica

Las huellas quedaron impresas en el barro hace aproximadamente 66 millones de años, al final del periodo Cretácico. Lo más llamativo es la ausencia casi total de restos óseos en la zona, un contraste que ha llevado a los científicos a una conclusión reveladora: los dinosaurios no habitaban de forma permanente este lugar, sino que lo utilizaban como corredor de paso.

Los investigadores plantean la existencia de una auténtica “autopista costera” prehistórica, un corredor migratorio que se extendía desde el sur de Perú hasta el noroeste de la actual Argentina. Por esta vía transitaban distintas especies, probablemente en grupos, aprovechando zonas húmedas y lagunas temporales.

El registro incluye huellas de grandes terópodos de hasta 10 metros de longitud, junto a rastros diminutos de ejemplares del tamaño de un pollo, con apenas 32 centímetros de altura a la cadera, lo que refleja una diversidad excepcional de tamaños y comportamientos.

Cuando las huellas cuentan lo que los huesos callan

Más allá de la cifra récord, el yacimiento de Toro Toro ofrece una ventana única a la vida cotidiana de los dinosaurios. A diferencia de los esqueletos fósiles, las huellas permiten reconstruir comportamientos. Entre los datos más sorprendentes se han documentado 1.378 rastros de natación, en los que los animales rozaron el fondo fangoso de antiguos cuerpos de agua mientras nadaban, antes de que el nivel subiera y sellara las marcas para millones de años.

Este tipo de evidencias permite a los científicos inferir dinámicas de grupo, desplazamientos estacionales y adaptaciones al entorno en un momento crítico de la historia de la Tierra, justo antes de la extinción masiva que acabó con los dinosaurios no avianos.

Un tesoro en peligro

Pese a haber sobrevivido durante millones de años, este patrimonio paleontológico se enfrenta hoy a amenazas modernas. Durante décadas, las mesetas de Toro Toro fueron utilizadas por agricultores para trillar maíz, y canteras cercanas emplearon explosivos para extraer piedra caliza directamente sobre las formaciones con huellas.

Incluso en tiempos recientes, obras viales para la construcción de túneles estuvieron a punto de destruir sectores clave del yacimiento, evitando el desastre solo gracias a la intervención del parque nacional.

Los expertos advierten de que aún queda mucho por descubrir. “Sospecho que se encontrarán muchas más huellas en los bordes de lo que ya está documentado”, señaló Roberto Biaggi, coautor del estudio, subrayando la necesidad de reforzar la protección y la investigación en la zona.

Una historia escrita en la piedra

A diferencia de regiones como la Patagonia argentina, célebre por la abundancia de esqueletos, en Toro Toro la historia de los dinosaurios está escrita en el suelo. Miles de pisadas fosilizadas narran el paso de criaturas gigantes por un paisaje hoy silencioso, confirmando que las antiguas leyendas del altiplano tenían un eco real en el pasado más remoto de la Tierra.

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