El deshielo del Ártico saca a la luz el “Ferrocarril de la Muerte”, uno de los mayores proyectos fallidos de la era Stalin
Restos de vías, locomotoras y antiguos campamentos de trabajo vuelven a quedar expuestos en Siberia más de siete décadas después de la cancelación de una infraestructura construida por decenas de miles de prisioneros de los gulags soviéticos.
El progresivo
deshielo del permafrost en el norte de Siberia está dejando al descubierto
numerosos vestigios del ferrocarril Salejard-Igarka, una gigantesca
infraestructura promovida por el régimen de Iósif Stalin que quedó abandonada
en 1953 tras años de trabajos, miles de víctimas y una enorme inversión de
recursos.
La línea,
conocida también como Transpolar
o “Ferrocarril de la Muerte”, comenzó a construirse
en 1947 con el objetivo de conectar las ciudades de
Salejard e Igarka a través de cerca de 1.300
kilómetros de territorio situado en gran parte dentro del
Círculo Polar Ártico. El proyecto pretendía reforzar la presencia soviética en
el norte, facilitar el transporte de recursos minerales y mejorar las
conexiones con las rutas marítimas árticas.
Para su
construcción se recurrió principalmente a la mano de obra de los campos de
trabajo Gulag 501 y 503. Las estimaciones sitúan entre 80.000 y 120.000 prisioneros el número de personas
que participaron en las obras, entre presos políticos, delincuentes comunes y
prisioneros de guerra. Las extremas condiciones climáticas, con temperaturas
inferiores a los 50 grados bajo cero,
la escasez de suministros y la dureza de los trabajos provocaron la muerte de
miles de trabajadores.
Un proyecto cancelado tras la muerte de Stalin
Además de las
dificultades humanas, el proyecto tuvo que enfrentarse a importantes problemas
técnicos. Gran parte del trazado atravesaba zonas de permafrost y terrenos
pantanosos que se volvían inestables durante los meses más cálidos,
dificultando la construcción y el mantenimiento de la infraestructura.
Las
complicaciones fueron tan importantes que algunos elementos clave del proyecto,
como los grandes puentes previstos sobre los ríos Obi y Yeniséi, nunca llegaron
a construirse. Tras la muerte de Stalin en marzo
de 1953, las autoridades soviéticas revisaron la viabilidad de
la obra y decidieron cancelarla. En ese momento únicamente se habían completado
alrededor de 698 kilómetros de
vía.
La
paralización dejó abandonados numerosos campamentos, instalaciones y miles de
toneladas de material ferroviario. Se calcula que unas 60.000
toneladas de metal y al menos once
locomotoras de vapor permanecieron en la tundra tras el
abandono del proyecto.
En la
actualidad todavía pueden encontrarse raíles, puentes inacabados, barracones y
maquinaria dispersos a lo largo de cientos de kilómetros. El avance del
deshielo está permitiendo que muchos de estos restos vuelvan a ser visibles,
despertando el interés de historiadores, arqueólogos industriales y equipos de
investigación que documentan los vestigios de una de las mayores
infraestructuras fallidas de la Unión Soviética.
Más de setenta años después de su cancelación, el denominado
“Ferrocarril de la Muerte” continúa siendo uno de los ejemplos más
significativos de los grandes proyectos desarrollados durante la era estalinista
y de las dificultades que plantea la construcción de infraestructuras
permanentes en algunas de las regiones más extremas del planeta.











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