La epidemia de ébola supera los 5.000 muertos y los 10.000 casos en África
El brote, originado en mayo en la República Democrática del Congo, se ha extendido a otros países africanos. La detección tardía de los contagios, las dificultades sanitarias y la ausencia de una vacuna aprobada contra la variante Bundibugyo complican la respuesta internacional.
La epidemia de ébola declarada en mayo de 2026 en la República Democrática
del Congo (RDC) ha superado los 10.000 casos confirmados y los 5.000
fallecidos, según los datos publicados el 31 de octubre por EL PAÍS. El brote,
causado por el virus Bundibugyo, se ha convertido, de acuerdo con esa
información, en la segunda epidemia de ébola más mortífera registrada.
La enfermedad se ha extendido desde el noreste congoleño a otros países de
la región. Kenia ha confirmado nueve casos y dos fallecidos, mientras que
Uganda registró 20 contagios y dos muertes antes de declarar finalizado su
brote el pasado 28 de julio. Nigeria también detectó un caso importado.
Uno de los episodios que ha puesto de manifiesto las dificultades de
vigilancia sanitaria fue el de un paciente que recorrió más de 2.000 kilómetros
entre la RDC, Uganda y Kenia mientras presentaba síntomas de la enfermedad.
El hombre acudió a varios centros médicos y utilizó diferentes medios de
transporte, incluidos tres vuelos, antes de fallecer el 5 de octubre en
Nairobi. Durante su recorrido recibió inicialmente un diagnóstico de fiebre del
Valle del Rift, una enfermedad que puede presentar síntomas similares a los del
ébola.
Las autoridades kenianas identificaron posteriormente a 135 personas que
habían mantenido contacto con el paciente y activaron medidas de seguimiento
epidemiológico.
La variante Bundibugyo
dificulta el control de la epidemia
El virus Bundibugyo es una de las especies de virus capaces de provocar la
enfermedad por el virus del Ébola. A diferencia de la especie Zaire,
responsable de la mayoría de las grandes epidemias registradas, actualmente no
dispone de una vacuna aprobada específicamente para su prevención.
La República Democrática del Congo había desarrollado experiencia y
sistemas de vigilancia frente al ébola Zaire, pero las capacidades diagnósticas
disponibles resultaron insuficientes para identificar rápidamente la nueva
amenaza.
Según el virólogo congoleño Jean-Jacques Muyembe-Tamfum, codescubridor del
ébola en 1976, los primeros contagios se confundieron con otras enfermedades
frecuentes en la región, como la malaria y la fiebre tifoidea.
La detección tardía, los conflictos armados, la desconfianza de parte de la
población y las limitaciones del sistema sanitario contribuyeron a la expansión
del brote.
El Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de África (Africa
CDC) estima que aproximadamente el 80 % de los nuevos contagios en el epicentro
de la epidemia procede de cadenas de transmisión que no habían sido
identificadas previamente.
Esta circunstancia dificulta localizar a las personas expuestas al virus y
aplicar medidas de aislamiento antes de que aparezcan nuevos casos.
La Organización Mundial de la Salud también ha advertido de las carencias
asistenciales en las zonas afectadas. En la provincia congoleña de Alto-Uele,
con unos cuatro millones de habitantes, se habían gestionado más de 250 casos
confirmados sin disponer de un centro estándar de tratamiento especializado en
ébola.
La epidemia ha reactivado los esfuerzos para desarrollar vacunas
específicas contra Bundibugyo. La organización IAVI trabaja en una candidata
basada en la plataforma utilizada para la vacuna Ervebo, aprobada frente al
ébola Zaire. También existen investigaciones impulsadas por Moderna y la
Universidad de Oxford.
El ébola se transmite mediante el contacto directo con sangre u otros
fluidos corporales de personas infectadas, así como con materiales
contaminados. No se propaga habitualmente por el aire como los virus respiratorios.
La enfermedad puede causar fiebre, debilidad, dolores musculares, vómitos y
diarrea. En los casos graves puede provocar hemorragias, alteraciones orgánicas
y la muerte.
Los organismos sanitarios internacionales insisten en que la detección
temprana, el aislamiento de los pacientes, el rastreo de contactos y la
protección del personal sanitario son fundamentales para interrumpir la
transmisión.
La evolución de esta epidemia ha vuelto a poner de manifiesto las
dificultades para controlar enfermedades infecciosas en territorios afectados
por conflictos, escasez de recursos y problemas de acceso a la atención médica.











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