La física cuántica revela que nunca llegamos a tocar los objetos

Las fuerzas electromagnéticas y las leyes de la mecánica cuántica explican por qué sentimos sólidos los objetos, aunque sus átomos no sean pequeñas esferas rígidas.

Cada vez que una persona apoya la mano sobre una mesa, sostiene un vaso o acaricia la piel de otra, experimenta una sensación tan cotidiana que rara vez se cuestiona su naturaleza. Sin embargo, la física revela que el tacto es mucho más complejo de lo que perciben nuestros sentidos.

Los objetos están formados por átomos cuyos núcleos ocupan una fracción diminuta de su tamaño. A su alrededor se distribuyen los electrones, responsables de buena parte de las interacciones que se producen cuando dos superficies se aproximan.

Al entrar en contacto, las distribuciones electrónicas de ambos materiales interactúan mediante fuerzas electromagnéticas. Estas interacciones, junto con las restricciones impuestas por la mecánica cuántica, generan la resistencia que impide que los cuerpos se atraviesen.

Las terminaciones nerviosas de la piel detectan la presión y las deformaciones resultantes, enviando señales al cerebro que este interpreta como contacto físico.

El principio cuántico que sostiene la solidez de la materia

Una de las claves de este fenómeno es el principio de exclusión de Pauli, según el cual dos electrones idénticos no pueden ocupar simultáneamente el mismo estado cuántico.

Esta propiedad, combinada con las interacciones electromagnéticas, contribuye a explicar por qué la materia mantiene su estructura y ofrece resistencia cuando intentamos comprimirla.

Por tanto, la dureza de una roca, la suavidad de una tela o la firmeza del suelo no dependen de que sus átomos sean diminutas bolas macizas, sino del comportamiento colectivo de sus partículas.

Esto no significa que el contacto sea una ilusión. Las superficies interactúan realmente, intercambian energía y ejercen fuerzas entre sí, aunque el proceso sea muy diferente de la imagen intuitiva de dos cuerpos completamente sólidos chocando.

La conclusión resulta sorprendente: cada vez que tocamos algo, estamos experimentando directamente los efectos de las leyes cuánticas que mantienen estable la materia y hacen posible el mundo físico que conocemos.

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