La herida de un T. rex revela un secreto oculto durante 66 millones de años

El análisis de una lesión que todavía estaba reparándose cuando murió uno de los mayores T. rex conocidos ha permitido identificar estructuras mineralizadas compatibles con antiguos vasos sanguíneos. El hallazgo ofrece una excepcional ventana a los procesos biológicos que actuaban durante la recuperación de estos gigantes hace unos 66 millones de años.

Una costilla rota de «Scotty», uno de los ejemplares de Tyrannosaurus rex más grandes conocidos, está permitiendo a los científicos conocer algo que difícilmente puede deducirse únicamente de un esqueleto: cómo respondía su organismo ante una lesión mientras el animal todavía estaba vivo.

El fósil conserva un callo óseo, el engrosamiento que se forma durante el proceso de reparación de una fractura. Su estudio ha revelado además una compleja red de estructuras ramificadas mineralizadas asociadas a posibles antiguos vasos sanguíneos.

La distribución de estas estructuras en el interior del hueso indica que la fractura había comenzado a cicatrizar, aunque la recuperación todavía no se había completado cuando murió el dinosaurio.

Los investigadores interpretan algunas de las estructuras observadas como posibles huellas de vasos relacionados con la formación de nuevas conexiones sanguíneas durante la reparación del hueso. Los análisis químicos han mostrado además una composición dominada por hierro.

No se trata, sin embargo, de vasos sanguíneos conservados intactos ni de restos de sangre. Son moldes mineralizados parcialmente rellenados que mantienen información sobre estructuras biológicas que existieron originalmente en el interior de la costilla.

Una mirada al interior del T. rex sin destruir el fósil

Para estudiar la lesión, los científicos han combinado diferentes tecnologías, entre ellas rayos X de sincrotrón, microscopía y técnicas de imagen mediante neutrones. La utilización conjunta de estos métodos permite estudiar la estructura y composición interna del fósil sin necesidad de destruir las zonas de mayor interés.

Durante abril de 2026, parte de los fósiles fueron trasladados al Laboratorio Nacional de Oak Ridge, en Estados Unidos, donde fueron examinados mediante los instrumentos MARS y VENUS. El empleo de neutrones permitió profundizar en el estudio de grandes piezas óseas y complementar los análisis realizados mediante otras técnicas.

El descubrimiento no permite determinar exactamente cuánto tiempo sobrevivió Scotty después de sufrir la fractura. La existencia del callo óseo demuestra que permaneció vivo el tiempo suficiente para que comenzara el proceso de reparación, pero los investigadores no han establecido si transcurrieron días, semanas o meses.

Tampoco existen evidencias suficientes para relacionar directamente esta lesión con la muerte del animal. Que la fractura estuviera todavía en proceso de cicatrización cuando murió no significa que fuese la causa de su fallecimiento.

Scotty vivió hace aproximadamente 66 millones de años, en los últimos momentos del Cretácico, pero el interés de esta costilla va mucho más allá de su antigüedad. El fósil conserva la evidencia de un proceso biológico que estaba ocurriendo mientras el enorme depredador seguía con vida.

El hallazgo permite así estudiar a los dinosaurios desde una perspectiva diferente. Además de reconstruir su tamaño, anatomía o forma de desplazarse, los científicos pueden comenzar a investigar cómo reaccionaban sus organismos ante traumatismos y cómo se desarrollaban los procesos de cicatrización.

Una simple costilla rota de uno de los mayores depredadores terrestres conocidos se convierte, de esta manera, en un registro excepcional de algo ocurrido hace decenas de millones de años: un Tyrannosaurus rex herido cuyo cuerpo estaba intentando curarse.

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